¿Al que madruga Dios le ayuda?

Dice un conocido refrán que “Al que madruga Dios le ayuda”, y estoy seguro que esa frase no se acuñó un lunes por la mañana antes de que el Sol se colara entre las rendijas de la persiana, y justo después de sonar el despertador. En esos momentos siempre pienso que “No se si Dios le ayuda, ¡pero seguro que termina llevándoselo más pronto!”.

Y esta intuición mañanera se me hace más intensa cuando veo a los actores famosos, a los deportistas de élite, e incluso a los corruptos que pululan por nuestra actualidad. Que además de su falta de valores y escrúpulos, lucen unos rostros descansados y luminosos cuando acuden al juzgado, que no suele ser antes de las 10 de la mañana.

Pero volviendo al común de los mortales creo que el problema de madrugar está en la hora a la que nos acostamos. Cuando mis abuelos eran jóvenes madrugaban mucho, muchísimo. Vivían en un pequeño pueblo agrícola y el campo y el gallo no perdonaban el madrugón. Por eso la cultura de madrugar estaba íntimamente unida a la cultura del acostarse pronto, algo natural y muy ligado al ciclo solar del amanecer y el atardecer. En cambio hoy vivimos en la cultura del madrugar-trasnochar. Y con trasnochar me refiero a acostarse entre las 10 y las 12 de la noche (esa franja que en TV se denomina prime-time) para alguien que se despierta antes, o mucho antes, de las 8 de la mañana.

En mi caso, me levanto a las 7 de la mañana, y trato de acostarme sobre las 10. Y cuando lo cuento en la oficina me miran “culturalmente raro”. Y se ha hecho raro hasta para los niños. En mi generación la tele nos marcaba un horario infantil y la Familia Telerín nos decía cuando los peques nos íbamos a la cama. Hoy la falta de preocupación por las horas de sueño también afecta a los más pequeños.

Además, no sólo dormimos menos, sino que dormimos peor. La calidad del sueño se ve afectada por el estrés cotidiano, por una sociedad que cada vez nos hace vivir en un mayor nivel de incertidumbre: laboral, económica, política, social… Hasta la tecnología no ayuda, y es que se ha descubierto que usar el smartphone o la tablet justo antes de dormir retrasa el sueño, todo lo contrario que el libro de toda la vida en la mesilla de noche. Cuando una página nos podía durar varios días.

Una sociedad del cansancio como define el filósofo alemán Byung-Chul Han. Donde nosotros mismos nos esclavizamos hasta la extenuación laboral, y además, le añadimos la falta de sueño. En una sociedad que prima el rendimiento y la productividad estamos creando un caldo de cultivo magnífico para padecer todo tipo de enfermedades físicas y mentales.

Quizá deberíamos hacer una huelga de despertadores apagados un lunes cualquiera. No poner el despertador, a modo de experimento sociológico, y despertarnos todos de forma natural para acudir al trabajo… tal vez nos llevaríamos una agradable sorpresa en forma de hacer mucho mejor, y más rápido, nuestros cometidos…

En este mundo acelerado y loco creemos que dormir menos nos ayuda a vivir más cosas, más experiencias… cuando dormir más nos ayuda a vivir mejor. A vivir una vida de mayor calidad, a ser más felices en nuestro trabajo, a aumentar el rendimiento, a disfrutar más del tiempo en pareja, con amigos o con los hijos… y sobre todo, a ser más conscientes y estar “más despiertos”. Más despiertos física y espiritualmente.

Por Javier Salso.