Amar nos hace brillar

Cuando nos tumbamos a contemplar el firmamento en una estrellada noche de verano estamos siendo testigos de la vida más allá de la vida. Muchas de las estrellas que contemplamos dejaron de existir hace más tiempo del que nosotros llevamos viviendo. Pero su luz nos sigue llegando. El eco de su brillo ilumina la noche. Oscura como la muerte. En un Universo infinito lo que brilló en vida continúa iluminando a otros más allá de su tiempo.

Y puede que con las personas no sea muy diferente. El eco de una vida vivida desde la luz, y no desde la oscuridad, perdura más allá del tiempo y de nosotros mismos. Porque aunque nuestro tiempo es menor que un parpadeo, nuestra capacidad de amar no tiene límite. El odio termina con la muerte, el amor la trasciende. Incluso la gloria, las grandes hazañas, el poder, el dinero… son vanas creaciones humanas. Sin un sentido más allá de la breve historia de los hombres.

En cambio el Amor, y la unión que genera, trasciende el tiempo y el espacio. Hasta en el mundo de las partículas, el Amor es el pegamento de la materia. Muchos de los átomos se unen prestándose electrones unos a otros. Enlaces químicos que aportan mayor estabilidad. Así expresa la Química la poesía del Amor.

“Amor constante, más allá de la muerte” tiene por título aquel soneto de Quevedo que termina así: su cuerpo dejará, no su cuidado; serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado”.