Conciliar la vida personal y profesional para reconciliarnos con nosotros mismos

El otro día leí un artículo sobre Bronnie Ware. Una enfermera que trabajó muchos años en cuidados paliativos. Acompañaba y proporcionaba alivio a los pacientes en sus últimas semanas de vida. Y a raíz de esa experiencia decidió plasmar las historias que le contaron aquellas personas en un blog, que terminó convirtiéndose en un libro: “The top five regrets of the dying”. Una de las cosas que descubrió fue que cuando se les preguntaba de qué se arrepentían, o qué hubieran querido hacer distinto, había varios temas comunes que siempre aparecían de forma recurrente.

Había un tema en concreto que era un arrepentimiento común en la mayoría de hombres: “Ojalá no hubiera trabajado tanto”. Detrás de estas palabras surgía la pena y el remordimiento. La pena por haber relegado a un segundo plano la vida familiar en pos de lo profesional, de ascender, de ganar más dinero, más poder o más reconocimiento… y tras la pena aparecía el remordimiento de haberse perdido ver crecer a sus hijos. De no haber pasado más tiempo junto a ellos. De no haber compartido más cosas con ellos.

Hace más de un año decidí cogerme la reducción de jornada para estar más tiempo con mis hijos, y no dejar escapar esos “maravillosos años”. Y la verdad es que ha sido una experiencia de la que he aprendido mucho y que quiero compartir con aquellos padres que lo puedan tener en mente.

Lo primero de todo es superar los miedos: el miedo a que me despidan, a perder parte de los ingresos, a que ya no cuenten conmigo, a cerrarme puertas en la empresa, y hasta en la profesión… Comienzas a imaginar que si ya está mal visto y se penaliza profesionalmente a una mujer que reduce su jornada para cuidar a sus hijos, lo que ocurrirá con un hombre. Y entonces, en parte por la educación que hemos recibido y en parte por los prejuicios de género, surge el miedo existencial a qué pensarán los demás de mi, y hasta cómo me veré yo mi mismo si lo hago. – ¿Me sentiré menos profesional?, ¿me sentiré menos hombre?-A lo cual una voz dentro de tu corazón contesta a tu cabeza: – ¡No! Te sentirás más padre.

Cuando comienzas con tu nueva jornada laboral lo primero que experimentas es que el día se hace más largo. Pero mucho más. Y luego, que acudes con más ganas al trabajo, porque cuando entras por la mañana a la oficina ya no tienes la sensación de que acabas de irte hace un rato a casa. Los primeros efectos emocionales no tardan en aparecer: estás más contento y te sientes más feliz. Y por supuesto, eso hace que seas más productivo y más responsable con tu trabajo: tomas menos cafés, pierdes menos el tiempo, te concentras más, eres más puntual y al final descubres que tu trabajo sigue saliendo, ¡incluso sale mejor!. En mi caso mi actividad tiene un gran componente intelectual y requiere frescura y creatividad, y para ello es necesario que el cerebro descanse, desconecte y tenga más estímulos vitales de los que podemos encontrar entre las cuatro paredes de nuestra oficina (y los niños son un magnífico estímulo e inspiración).

Es cierto que también hay cosas que no son tan positivas. Como tener que renunciar a acudir a reuniones por la tarde. O estar en alguna y tener que salir pitando porque tienes que irte corriendo a por los niños al cole. Las primeras veces da mucha vergüenza, pero luego te vuelves un artista en excusarte y salir de las salas sin molestar ni llamar la atención.

De todas las cosas buenas que la reducción de jornada ha tenido en mi relación con mis hijos podría escribir páginas y páginas. Pero quizá la clave está en que te sientes menos cansado y eso hace que estés más receptivo a jugar con ellos, a ayudarles con los deberes, o a algo tan simple como escucharles con atención. Te hace estar centrado en el momento presente, como en el anuncio de BMWCuando trabajes, trabaja. Y cuando estés con tus hijos, hazlo plenamente.

Como epílogo, si hay algo que de verdad nos enseña conciliar es a reconciliarnos con nosotros mismos, a dejar de sentirnos culpables por no pasar tiempo con nuestros hijos, y a no sentirnos culpables por pasar menos tiempo en el trabajo… porque podemos ser mejores profesionales siendo mejores padres.

Por Javier Salso