Crisis de valores

Entendemos por valores aquellos principios que orientan como un faro nuestro comportamiento y nos ayudan a realizarnos como personas. Que nos proporcionan una pauta para formular metas y objetivos, tanto en lo personal como en lo colectivo. Y que son un reflejo de nuestros sentimientos y convicciones más importantes. Como creencias fundamentales deberían orientar nuestra conducta, y digo “deberían” porque en la sociedad actual los valores han dejado ser motor existencial de nuestro comportamiento, por lo menos nuestro comportamiento “público”.

Vivimos en una sociedad donde los valores han sido relegados a la esfera privada del individuo. Y todo para facilitar y promover el crecimiento económico hasta sus últimas consecuencias. De igual forma que la visión católica que prohibía el préstamo a interés al considerarlo inmoral dejó de ser útil para el recién nacido capitalismo, y fue así desplazada por la versión protestante que legitimaba los prestamos a interés y dejaba de hablar de usura. Pues lo mismo ha ocurrido con los valores.

Podemos tener valores, pero no podemos dejar que afecten a nuestra esfera pública, y sobre todo, no “debemos” dejar que afecten a nuestro “valor” profesional. Los profesionales han de medirse por el valor que aportan a través de su actividad, pero nunca por sus “valores humanos”. Al igual que las sociedades han de medirse en términos de crecimiento, bienestar y desarrollo… desarrollo económico. A cualquier precio y sin que “los valores” supongan un freno. Y lo mismo es válido con los banqueros, políticos, empresarios, sindicalistas, 

¡Y ha funcionado! Porque eliminando los valores como principio rector del individuo y de la sociedad hemos conseguido que la economía crezca más deprisa, tanto como la falta de escrúpulos. La falta de valores ha colaborado de forma decisiva a que se haya hecho sin dudar lo “necesario” para ir a más. Hasta que el mundo ha terminado sumido en una gran crisis económica. Una gran crisis que jamás hubiera sido posible sin una gran crisis de valores.

Es curioso como la diferenciación entre la esfera de lo público y de lo privado, en términos de valores, ha funcionado como un fantástico mecanismo para que el individuo se sienta libre de culpa. Al convencernos de que los valores son algo perteneciente a la esfera privada, podemos comportarnos tranquilamente desde esa falta de valores como profesionales, como políticos, como empresarios, como trabajadores, como compañeros… incluso hasta como contribuyentes. Asistimos a innumerables casos de corrupción protagonizados por personas que en su vida privada se comportan como perfectos padres, madres, hermanos, amigos, creyentes… y por supuesto, sin sentir el menor atisbo de culpa por su comportamiento. Y no es porque carezcan de valores, es sólo que los ponen en práctica allí donde deben hacerlo. En su esfera privada. Un magnífico mecanismo por el que la conciencia está a salvo.

Pero el error consiste en creer en esta mentira relativista. Porque los valores humanos son universales y absolutos. Imagino que esas dos características hace que no se les pueda eliminar del todo. Que de alguna manera, como los arquetipos de los que hablaba G. Jung, vienen de “serie” en casi todos los individuos. Pero sí se les puede ir constriñendo y limitando en espacio y aplicación. Cuando en cambio deberían regir en todo lo que hacemos como personas. Y por supuesto, también como profesionales. He trabajado para unos cuantos CEO´s, presidentes, directores generales… y aunque todos ellos tenían claros sus objetivos y los transmitían, nunca he sabido cuáles eran sus valores. Y mucho menos si les movían como directivos.

Necesitamos recuperar la vigencia de los valores como motor de la sociedad en todos los ámbitos. En el económico, el político, el social… necesitamos gente con valores de verdad. No solo como pose o que sólo los pongan en práctica en su vida privada. Necesitamos líderes valientes, en todos los órdenes de la vida, a los que les muevan los valores. Y hagan gala de ellos en su día a día. Porque una sociedad que se comporta sin valores está abocada al desastre. Podemos no compartir la misma ideología, ni la misma visión religiosa, ni los mismos gustos musicales o futbolísticos… pero si no compartimos los mismos valores y no los ponemos en práctica juntos, en todo lo que hagamos, el mundo seguirá sumido en una crisis de difícil solución.

Por Javier Salso.