De Despertadores vitales y Somníferos existenciales

En una escena de “El Club de la lucha Tayler Durden se convierte en despertador vital de un joven sin futuro, Raymond Hessel. Una forma brutal a punta de pistola de obligarle a despertar y llevar a cabo su verdadera pasión postergada, ser veterinario. La pistola es una metáfora, porque no suele tener forma de pistola aunque sí es necesaria la violencia que nos hace entrar en estado de shock. A veces la pistola es un cáncer, como en el caso de Norma, una abuela norteamericana que ha renunciado a tratarse su tumor para recorrer América a bordo de una auto caravana con su hijo y su nuera. Vendió su casa y se puso a hacer todo aquello que siempre quiso y nunca tuvo el valor de emprender. La pistola de Tayler en forma de enfermedad se apoyó sobre su sien y no esperó a escuchar el click del gatillo.

En otras ocasiones el despertador es un despido, un divorcio, un accidente, la pérdida de un ser querido, la crisis de los 40… experiencias que pueden ser tan duras y dramáticas como el que un desconocido te ponga una pistola en la cabeza en un aparcamiento, y te amenace con matarte si no te pones a cumplir tus sueños. Y es así porque igual que sólo un clavo saca otro clavo, sólo un miedo es capaz de sacar a otro miedo. Porque vivimos dormidos, nos tragamos todos los días varios somníferos existenciales compuestos principalmente por miedos como perder el trabajo o miedo a no encontrarlo, a no ganar lo suficiente para pagar la hipoteca, o las facturas, los gastos médicos, mantener a los niños… y en cuya composición también incluyen excipientes como la comodidad de la zona de confort, la pereza, la desidia, el mañana comienzo… un cóctel creado por la farmacéutica social que alimenta nuestra enfermizo modelo social.

¿Y no existe otra fórmula para despertar? Tal vez, dado que las 2 grandes emociones básicas son el miedo y el amor, puede que las 2 sean eficaces como despertadores vitales. Cada una genera emociones diferentes, pero ambas pueden ser lo suficientemente poderosas como para empujarnos a actuar. Aunque en el caso de actuar por amor no creo que se trate de hacerlo por amor a los demás, a la familia, la pareja, los amigos o los hijos. Creo que va más de actuar movidos por el amor a uno mismo. De darnos cuenta que todo comienza por amarnos a nosotros mismos. De hacer lo que amamos de verdad porque somos la persona más importante del mundo para nosotros. Porque igual que no se puede amar a los demás sin amarse antes a uno mismo, desde la inseguridad y el miedo no se emprende una pasión o se cambia de rumbo vital.

Quizá sea necesario ponerse delante del espejo y decirse sintiéndolo de verdad “me quiero, me respeto y me importo tanto como para no amargarme el resto de mi vida haciendo cada día cosas que no quiero, que no me hacen ser mejor persona, ni ser quien de verdad he venido a ser…”  Y no esperar a sentir el frio metal de la pistola de Tyler Durden sobre nuestra cabeza.

Por Javier Salso.