Encontrar sin buscar

El mundo, desde que es mundo, siempre ha sido igual. Un lugar extraño y caótico al que cuesta encontrarle una explicación. Porque desde que tomamos consciencia de nuestra existencia, y de nuestro yo, tratamos de buscarle un sentido a todo esto. El Universo, el Sol y el Agua que corre veloz desde la montaña hasta llegar al océano no se preguntan nada, solamente son. Sin más. Al igual que los pájaros que revolotean, el trigo que crece sin descanso o la Tierra que se humedece por la lluvia… reciben el regalo de la vida sin temor, sin dolor, sin cuestionarse por qué o para qué.

Pero no ocurre así con los hombres. Nosotros necesitamos encontrarle un sentido al mundo, vislumbrar un faro que nos guíe entre la bruma de la existencia. Sin entender que no hay ningún destino y, por supuesto, no hay ningún camino. Nos cuesta aceptar el simplemente “Ser”, y nos cansa terriblemente tener que buscar sin descanso. Nos negamos a aceptar que, tal vez, para encontrar sólo tenemos que dejar de buscar. Pero no lo hacemos. Y es en ese instante de cansancio, de duda, de confusión existencial cuando vemos una pequeña luz brillando avanzando hacia nosotros.

Esa pequeña luz habita un farol que es sostenido por la mano de personas que dicen haber encontrado un sentido. Un sentido no sólo para ellos, sino un destino colectivo. Un “porqué” que hace que ya no tengamos que perseguir los nuestros. Un “para qué” que requiere de todas las demás personas para llevarse a cabo. Es curioso que Lucifer en Latín significa “el que porta la luz”. Una luz que adquiere diferentes formas, y alumbra realidades como las religiones, las ideologías, las naciones, los políticos, los líderes, los gurús, los egos… sinsentidos colectivos creados por personas tan asustadas y perdidas como cualquiera de nosotros. Y en cuyo nombre han perecido y se han extraviado existencialmente millones de personas.

Así que, estaría bien dejar de hacer nuestro el sentido de la existencia de otros y aceptar el miedo al vacío existencial. Rendirnos para ganar. “Yo no busco, encuentro” decía Picasso. Un “koan” o paradoja que, como el murmullo del agua en un arroyo, nos susurra un sencillo consejo vital. Cuando dejas de preocuparte, cuando dejas de tener miedo, cuando aceptas el mundo y tú vida con su total falta de sentido… es entonces cuando se manifiesta frente a ti aquello que ni siquiera soñaste encontrar.