Érase una vez un abuelo…

Érase una vez un abuelo. Un abuelo como los tuyos, o como los míos. Como el de tantos otros. Puede ser abuelo o abuela. Lo mismo da. Porque lo importante de esta historia no es la historia en si misma, sino lo que trata de reflejar: lo que significa ser abuelo o abuela. Eso tan especial que les hace pervivir en la memoria de los que hemos sido nietos hasta que nos convertimos también en abuelos. Esta es una historia que sucedió en Navidad pero que no tiene un final milagroso, aleccionador o moralista. Esta historia sólo tiene un final de “abuelo”, de abuelo de los de verdad.

El abuelo de nuestro cuento tenía una costumbre que repetía cada Navidad desde que adquirió el título de abuelo. Un título que siempre te ponen otros, tus hijos. Tú les das la vida y ellos, te hacen abuelo. Una forma tan natural como profunda de agradecerte el regalo de la vida. Porque la vida engendra vida, y ser abuelo, como decíamos antes, es una forma especial y generosa de trascender lo efímero de nuestra vida.

Pero volvamos al abuelo de nuestra historia. Su costumbre era sencilla, regalar un décimo de Lotería a cada uno de sus hijos y nietos. A todos sin excepción. Bueno, y también a las parejas, cónyuges, esposas y esposos de sus hijos. Porque este abuelo (puedes ponerle el nombre del tuyo sin ir más lejos) creía que esa era una buena manera de que se sintieran aporhijarlos.

Con el tiempo la costumbre se convirtió en ritual, y con los años, el ritual en tradición. Una tradición que comenzaba en verano invariablemente. Por el esfuerzo económico que requería, pero también por el trabajo que implicaba. El número siempre era el mismo. Lo eligió con su mujer porque contenía la fecha en que se conocieron, y desde que ella ya no está con él, el número está más vivo que nunca. Diríase que se comunica con su desaparecida esposa a través de esas 5 cifras.

El número es el mismo para todos invariablemente. Pero cada miembro de la familia lo recibe en un sobre completamente diferente. Cada sobre es elegido en función de su destinatario y de la emoción que el abuelo quiere transmitir a ese miembro de la familia: alegría, esperanza, emoción, una sonrisa, un recuerdo… todo depende del año que haya tenido cada uno y de la emoción que el abuelo cree que su ser querido más necesita. Cada sobre es único, y todos llevan escrito a mano el nombre de su destinatario a mano. Con una caligrafía muy cuidada y barroca, y siempre con su vieja pluma. No era de su padre, fue con la que escribió su primera novela.

Estamos ya en diciembre y el trabajo está casi completado. Queda el tiempo justo para depositar los sobre en el buzón y que lleguen puntuales a su cita. Este es un año especial porque uno de sus nietos está a punto de tener su primer hijo. Por eso, mientras guarda los sobres tras revisarlos por última vez, recibe una llamada. ¡La llamada! Descuelga y su nieto, tembloroso y con la voz desbordada por la emoción, le regala cuatro palabras:

– ¡Abuelo!, ¡Ya eres bisabuelo! –

El abuelo cae sobre el sofá emocionado. Y mira hacia el techo. Que se convierte en cielo por un instante. Pero al volver a este mundo se da cuenta de un pequeño detalle. ¡No tiene un décimo para su bisnieto! Ya no hay tiempo para reaccionar. Y la tradición no puede romperse así como así, y menos la primera Navidad del “chiquillo”. ¡Ni hablar! Entonces raudo se dirige al mueble donde atesora los décimos y coge el único décimo que tenía reservado para él, lo saca del sobre y se pone a elaborar un nuevo sobre con un mensaje muy especial para su primer bisnieto. Luego introduce el décimo y sonríe. El sorteo aun no se ha celebrado pero un año más siente que ha vuelto a ser uno de los afortunados ganadores. Y este año además, con el mejor premio.

 

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