¡Escucha al prójimo como a ti mismo!

Pienso que vivimos en una sociedad caracterizada por su limitada capacidad de escucha. Incapaz de escuchar sincera y activamente a los demás (se escucha poniendo el foco en el otro, no en uno mismo) y a uno a si mismo. Cada vez nos cuesta más escuchar el lenguaje, escuchar a nuestro propio cuerpo, y por supuesto, escuchar nuestras emociones. Parece que hemos renunciado a escuchar el lenguaje a través del sentido del oído, lo corporal a través de la vista (también del tacto y el gusto según el contexto), y a escuchar las emociones con el corazón. En vez de eso nuestra capacidad de escucha se concentra en las redes sociales, en el whatsapp en los medios de comunicación, en lo digital… y se relega poco a poco la verdadera conversación, la que se basa en un concepto de escucha “artesanal y analógico”. Esta sociedad es la sociedad del exceso de información y la comunicación masiva, mientras que ha dejado de ser una sociedad de la conversación, y sobre todo, de la escucha.

Porque oímos pero no escuchamos. Miramos pero no vemos. Nuestro corazón late pero no siente. Lenguaje, cuerpo y emoción son realidades desconocidas para nosotros. Tanto los propios como los ajenos. Aunque a la vez deseamos intensamente ser escuchados. Ser aceptados y reconocidos. Y sobre todo, ser amados. De ahí nuestra frenética actividad en redes sociales, y a través de herramientas digitales que se han creado aprovechando esas necesidades tan básicas y tan humanas, pero que no pueden ser resueltas exclusivamente desde lo digital. Lo digital y lo social pueden complementar, pero no sustituir la escucha activa, la escucha 361º (que incluye también el escucharse a uno mismo), un original concepto que compartió conmigo el coach Nacho Pérez.

Por eso nuestro principal mandamiento debería ser “Escucha al prójimo como a ti mismo”. ¿Te escuchas a ti mismo? ¿Escuchas a tu corazón, a tu mente y a tu cuerpo?. Haz la prueba. Deja de hablar. Intenta que cese tu diálogo interno y escucha (porque no se puede hablar y escuchar a la vez). Escucha a tu intuición. A tu inconsciente. A tu cerebro derecho… ¡escucha el silencio!. Escucha a tu cuerpo poniendo atención en cada parte de él… Y no te quedes simplemente en la experiencia de la emoción. Busca lo que la emoción trata de decirte. Por ejemplo, el miedo nos lleva a preguntarnos “¿Qué necesitas? O la tristeza: “¿Qué has perdido”. Escucharse activamente nos ayuda a comprender y a generar aprendizaje para la acción en nuestra vida. Haz la prueba. Dedica un tiempo cada día a escucharte con atención. ¡Te sorprenderá!.

Aunque sólo si somos capaces de aprender a escucharnos a nosotros mismos seremos capaces de escuchar de igual manera a los demás. A poner el foco en su lenguaje, su cuerpo y su emoción. Esa escucha plena y activa nos ayudará a comprender al otro, y a generar una conversación verdaderamente sincera y productiva con los demás.

Tenía un compañero que mientras trabajaba siempre “escuchaba” música, cuando le pregunté por qué lo hacía me contestó: “Para no oírme pensar”. Y es que para escucharse a si mismo, para escuchar los tres subdominios del ser humano (lenguaje, cuerpo y emoción) es necesario aceptar y utilizar el silencio. Pero nuestra sociedad es muy ruidosa. Excesivamente ruidosa y sobrecargada de estímulos. En lo personal y también en lo profesional.

El Informe de Deloitte sobre “Capital Humano” de 2016 habla del fenómeno del empleado abrumado (“overwhelmed employee”), un término desgraciadamente cada vez más popular. Por citar un dato del informe: “Cada trabajador puede mirar entre 50 y 150 veces al día su teléfono móvil”. Y lo peor es que para nada importante y productivo. Sobresaturación de información y mecanismos de escucha que tienden a cero. Y cuando llegamos a casa solemos seguir la misma tónica, familias que cenan juntas pero que se hacen invisibles los unos a los otros al estar colgados del móvil, la tablet o la televisión. Nadie habla. Nadie escucha.

Por todo ello, y como conclusión debemos seguir el mandamiento que da título a este artículo: “Escucha al prójimo como a ti mismo”. Y eso comienza, como en el mandamiento del amor que Jesús propuso, escuchándose a uno mismo, para continuar con los demás. Porque antes de hablar, lo mejor es escuchar.

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