La familia es antisistema

Cuanto más observo el mundo actual más me parece que no existe nada más antisistema que la familia tradicional (y por tradicional no me refiero al género o estructura de sus integrantes sino a los valores y a la moral de sus miembros, esa que inculcan a sus hijos y que en Europa tiene raíces grecorromanas y cristianas).La modernidad y el globalismo han convertido a esa familia en el enemigo a batir. Y la explicación es sencilla. No se trata, únicamente, de una cuestión de ideología o de creencias sociales, religiosas o políticas. Se trata principalmente de facilitar la dominación de los hombres, y por ende alcanzar un poder omnímodo como el que anticipó Orwell en “1984”. Nada nuevo bajo el Sol de la historia, tal vez sólo más sofisticado gracias a la transformación digital de la ingeniería social.

El globalismo como estructura y estrategia de dominación nos promete una sociedad utópica de personas totalmente libres. Libres de ataduras. Libres de valores. Libres de compromisos y obligaciones. ¡Libres de todo! Pero también, hombres y mujeres totalmente solos e iguales(en vez de únicos) como en “Un mundo feliz” de Huxley. Sin una organización familiar y comunitaria por la que luchar (y sustituidas por macroestructuras supranacionales). Al hombre moderno se le está liberando de todos los pesos de su existencia, se le ha liberado de sus creencias, de su religión, de su historia, de sus valores, incluso se le ha liberado de su sexo o su género, convertido en una elección más. El concepto de modernidad líquida de Bauman llevado hasta sus últimos extremos, haciendo líquida también la identidad sexual o de género, tras haberlo hecho ya con el “amor”. Sólo resta liberarle de la opresora familia y sus “rancios” valores. El último pilar de la sociedad.

La libertad que nos vende la modernidad es una libertad que esclaviza al ser humano. Una falsa promesa que deshumaniza y nos despoja de cualquier cosa por la que luchar. Ni siquiera ya por nosotros mismos. Porque después de la familia, la última batalla será por arrebatarnos el alma (el pilar del individuo). Y es que más allá de que exista o no el alma, eso es lo de menos, esa creencia dota al hombre de un espacio íntimo y último de libertad. Como le ocurría a Winston Smith, el protagonista de “1984”.

Volviendo a la familia. Nada nos ayuda más a ser libres de verdad que la familia. Las familias generan comunidades. Y las comunidades fuertemente cohesionadas crean identidades que les ayudan a defenderse de la tiranía y a sobrevivir. Esas comunidades, como la familia en primera instancia, nos garantizan seguridad y protección. Y sólo en ese clima el ser humano se desarrolla de una forma sana. La familia es la principal agencia de socialización y de transmisión de valores. Tal vez por ello los sistemas educativos no se dedican sólo a formarnos, sino que cada vez más tratan de apropiarse de la libertad que los padres deben tener de educar a sus hijos en conciencia según sus valores.

Lo más curioso es como el sistema utiliza a las minorías para destruir a la familia. Una constelación de intereses unidos en torno a un mismo objetivo, pese a las grandes contradicciones que existen entre esos grupos… y que una vez alcanzado el objetivo común, tendrán que enfrentarse entre ellos con la consiguiente aniquilación o la integración de todos en el dominante. Por ejemplo, enfrentar a hombres y mujeres a través de la lucha de géneros es una de las herramientas más eficaces para hacerlo. El relativismo moral es otra. O como no hablar de la banalización del sexo, la pornografía hasta en la sopa o la marea de drogas y alcohol que inunda las calles y nuestra vida. Y por supuesto, el suicidio demográfico inducido, entre otras muchas estrategias de las que podríamos hablar.

Y en lo político, ninguna de las dos grandes ideologías promueve la defensa y protección de la familia. Es curioso observar como la izquierda y la derecha se han convertido en una misma cosa. La izquierda ha adoptado el liberalismo económico entre sus postulados, y la derecha ha incorporado el marxismo cultural a su hoja de ruta. Al final las minorías no son realmente liberadas, sino utilizadas al servicio de un objetivo mayor.

En uno de sus magníficos y certeros escolios el filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila escribió: “el suicidio más acostumbrado en nuestro tiempo consiste en pegarse un balazo en el alma”.Y en eso estamos.