Lo que resta es el regalo

Tan cierto es que no deseo morir aún, como que la muerte llegará en algún momento. Eso es inevitable. Pero lo que sí está en nuestras manos es reconocer nuestros logros vitales, los que de verdad dan sentido a nuestra vida, y que no se pueden comprar ni se miden en bytes en una cuenta corriente, en followers o con una estrella en el paseo de la fama. Porque son únicos y pertenecen a cada persona. Cada uno tenemos los nuestros. Podemos compartirlos, aunque valorarlos y reconocérnoslos es una experiencia íntima.

Mi historia vital no comenzó el día de mi nacimiento, sino un día de mayo en el que mi madre se precipitó desde una ventana al vacío y mi vida quedo detenida con la mirada perdida ante esa abertura. La sensación de vacío interior flotó dentro de mi durante años. Demasiados… Un vació que supuso una pesada carga emocional y un lastre en mi relación con el mundo y con los demás. Recuerdo un dolor punzante y afilado en forma de rabia, ira y miedo. Porque el miedo es una emoción que nos paraliza y que nos pregunta -¿Qué te falta?-, -¡Me falta amor!- Sobre todo amarme a mi mismo. Buscaba desesperadamente un amor en otros que debía comenzar dentro de mi. Por eso nunca funcionaba… Hasta que años después dejé de hacerme daño a mi y a los que me rodeaban. Es curioso que mi vida quedó detenida una primavera frente a una ventana que daba a un patio interior, y comenzó a latir de nuevo en noviembre al abrir una puerta, gracias a la persona que esperaba al otro lado.

Ella me enseñó a quererme a mi mismo y a amar de verdad a alguien, cerrando al fin esa ventana. Un amor que no duele, que ayuda a crecer como persona. A ser uno mismo pese a las imperfecciones. Gracias a ella pude curar mi mente herida y el deshielo llegó a mi corazón. Todavía guardo la servilleta de papel en la que me escribió el verso de Emerson “No digas cosas. Lo que eres, relumbra sobre ti mientras lo haces, y atrona con tal fuerza que no puedo oír lo que alegas en su contra”. Aprendía a amarme, a experimentar el amor de verdad y, un tiempo después, a amar más a otros que a mi mismo cuando llegaron esas dos personitas, gracias al milagro de la vida.

La sociedad en la que vivimos nos lleva a fijarnos metas y objetivos constantemente. Para que siempre haya una obligación, una necesidad más, un deseo por alcanzar… hasta nuestro último aliento de vida… y normalmente para los cuales hace falta trabajar mucho. Metas artificiales sobre las cuales no meditamos ni reflexionamos. Merece la pena mirar dentro de nosotros y chequear si realmente ya hemos llegado a nuestro verdadero destino, valorar lo alcanzado, y permitirnos disfrutar sin más. Poner el foco en lo ya conseguido, y no en lo que nos queda por conseguir. Y hacer que el objetivo sea simplemente, disfrutar del camino.

Por eso creo que lo que ahora resta es un regalo de la vida, no quiere decir que ya no tenga cosas por hacer, sueños por cumplir, personas por las que vivir… todo lo contrario, y espero poder hacerlo durante muchos años. Pero con el único fin de disfrutar del camino. Sin la urgencia del resultado ni la presión del tiempo restante por vivir. Ahora ya no hay metas ni un lugar al que llegar. Sólo un camino por disfrutar. Se que no tengo el control sobre lo que ocurrirá, y espero poder afrontar los imprevistos como un regalo más. Y sobre todo, vivirlo desde la gratitud.

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