Los robots no saben amar… ¿sabemos nosotros?

Cada día leemos más noticias sobre los robots y la inteligencia artificial. Titulares que nos anuncian que nos robarán el trabajo, que dejaremos de ser necesarios, que ellos son capaces de hacerlo “casi todo” mejor. Los gurús de la tecnología y el transhumanismo nos dicen que es inminente, que no debemos resistirnos. Mientras, en Silicon Valley, los nuevos niños ricos de la tecnología juegan a buscar la inmortalidad a través de la tecnología. Eso que llaman la singularidad tecnológicaEl próximo salto evolutivo. 

Pero para la gente cotidiana esto es una ciencia ficción amenazante y lejana en teoría, pero con consecuencias prácticas muy cercanas en nuestra vida diaria. Cuando leo esas noticias sobre inteligencia artificial, inmortalidad y tecnologíapienso que no hemos entendido para nada el milagro de la vida. Nada. Porque no hemos resuelto el hambre, no hemos terminado con los conflictos bélicos, ni somos capaces de construir una sociedad global basada en la igualdad y el respeto mutuo.

Cuando pienso en la vida artificial, en esas nuevas formas de vida no basadas en el carbono, sino en el silicio siempre vienen a mi mente las mismas preguntas:

¿Aprenderán o llegarán algún día a componer música?, ¿A pintar un cuadro o escribir poesía?, ¿A entender un beso o un abrazo?, ¿Podrán soñar? ¿Imaginarán cosas?, ¿Sentirán dolor, miedo, esperanza?, ¿Se estremecerán con un amanecer?, ¿Les asustará la muerte?, ¿Generarán empatía con sus semejantes?, ¿Tendrán un anhelo de espiritualidad?… Y sobre todo, y lo que es más importante ¿podrán amar?.

A estar preguntas muchos científicos responderían que probablemente no, ni falta que les hace… verbalizando así ese racionalismo sin alma que nos ha llevado a una sociedad sin valores al borde de la extinción espiritual.

Sí, hablo de extinción espiritual. Porque lo verdaderamente importante de la vida artificial es que es un despertador para la especie humana. Para que nos cuestionemos si nosotros sí podemos hacer todas esas cosas que contienen los interrogantes anteriores, y sobre todo ¿si el ser humano sigue siendo capaz de amar? Esa es la única cuestión. Las máquinas no necesitan amar es cierto, pero las personas sí. Es lo único que nos diferencia y nos da sentido.

Nuestra sociedad se deshumaniza a marchas forzadas. Porque si dejamos de amar, entonces, seremos sólo vida artificial, una inteligencia artificial con su función existencial extinguida. Sin sentido alguno en un universo donde todo, absolutamente todo, tiene un sentido. Y llegados a ese punto sí que las máquinas serán mejor que nosotros en todo. ¡En todo! Porque incluso la inmortalidad sin la capacidad de amar (además de ser antinatural cuando hasta el mismo Sol se extinguirá algún día) no sería un privilegio sería simplemente una condena.

Lo que debería preocuparnos no es si dejaremos de ser necesarios, sino si dejaremos de ser humanos… porque como Brand expresaba en la película Interstellar el amor es lo único que somos capaces de percibir que  es capaz de trascender el tiempo y el espacio, a lo mejor deberíamos creer en eso aunque no alcancemos a entenderlo aún”.

Por Javier Salso