El Metro como reflejo de la naturaleza humana

¡Me encanta viajar en Metro! Es como esos hormigueros caseros que se utilizaban en las clases de Ciencias en el colegio. El Metro como reflejo de la naturaleza humana. Un maravilloso campo de observación social de comportamientos, hábitos e insights vitales.

Cojo el Metro por la mañana en una estación a la que el tren llega vacío. Es la primera. La gente espera en el andén. Se va parando lentamente. Todos queremos que nos toque puerta enfrente. Por eso, cuando te toca entre 2 vagones no sabes bien hacia donde dirigirte. – ¿A la izquierda? ¿A la derecha? piensa rápido.-  La clave es cuántas personas esperan. Cuando hay pocas no nos estresamos. Somos educados, respetuosos, corteses, entramos despacio… en cambio, si el andén está abarrotado estamos tensos, nos apelotonamos, no dejamos salir antes de entrar, nos abalanzamos literalmente a por un asiento libre (¡Bendita Sociedad del Cansancio donde un asiento libre es tan valioso para alguien que se supone fresco y descansado a primera hora! porque ¿Al que madruga Dios le ayuda?). Somos las mismas personas. Pero nuestro comportamiento cambia radicalmente. Lo mismo ocurre en otros ámbitos de la vida. Si los recursos son escasos y somos muchos a repartir nuestra humanidad desaparece y prima la supervivencia, el egoísmo, la irracionalidad… Cuando lo extrapolamos a nivel social nos encontramos con La metáfora del cuarto de baño” de Asimov.

Luego está cuando en hora punta quieres entrar a un vagón que viene lleno. Los de dentro se apelotonan en la puerta mientras que en medio del vagón hay espacio libre. Pero los de dentro quieren estar cerca de la puerta porque se bajan en 1 ó 2 estaciones, aunque en años viajando nunca he dejado de salir por estar alejado de la puerta. Y los de fuera necesitan entrar. ¡Empujan! Los de dentro se quejan. Y surge el conflicto. ¡La vida misma! Pensamos en nuestros intereses y objetivos, pero no en los de los demás. No somos colaborativos… y al final todos perdemos. Podríamos aplicar aquí el Equilibrio de Nash contado de forma tan sencilla en “Una mente maravillosa” o el Dilema del Prisionero que de forma perversa aplicaba el Jocker en el Batman de Nolan.

Una vez dentro del vagón podemos observar como en cada hilera de asientos hay uno reservado para embarazadas, personas mayores o con discapacidad. En muchas ocasiones presenciamos como pese a estar reservados no son cedidos a quienes están destinados. A veces he sugerido educadamente a su ocupante que había una persona que lo necesitaba y la respuesta que he recibido no siempre ha sido agradable. Sinceramente no creo que no se ceda por cansancio, sino por el sentido de propiedad y el ego “Es mío y no tengo porqué cederlo”.También hay quien disimula y se hace el dormido. En la vida real ambas actitudes aparecen ante la desgracia o la necesidad del prójimo.

También podríamos hablar de la velocidad y el estrés con el que vivimos. Algo que se refleja cuando vas a salir en la siguiente estación y estás delante de la puerta. Aprieto el botón de apertura de puertas incluso antes de que el tren se detenga. Aun así la persona que espera conmigo junto a la puerta para salir se impacienta. Aunque lo tengo apretado, lo aprieta también con nerviosismo. Siempre pienso, ¿Creerá que no se apretar bien el botón o que el suyo funciona mejor?

Algunos días mientras toda la gente de bien, los trabajadores, esperamos resignados e impacientes, aparece un personaje que se pasea de andén en andén sin subir en ningún vagón. Viste con vaqueros y camisetas viejas de grupos de música de los 80´s. Lleva el pelo largo y una gorra. Y al hombro un “loro” o radiocassette grande con música muy alta. Suenen temas clásicos de los 80´s y 90´s. Es un tipo curioso. Su ropa gastada y su falta de higiene contrastan con su buena música y su cara de estrella del rock recorriendo el backstage. La gente sonríe tímidamente, supongo que piensan que es un loco simpático. A mi me sugiere que los locos somos nosotros. Esta mañana precisamente alguien posteo en Línkedin ese fragmento escrito por Bukowski en Factorum (de reciente actualidad en publicidad con su poema ¿Así que quieres ser escritor?) : ¿Como diablos puede un ser humano disfrutar que un reloj con alarma lo despierte a las 5:30 AM para brincar de la cama, sentarse en el excusado, bañarse y vestirse, comer a la fuerza, cepillarse los dientes y cabello, y encima luchar con el trafico para llegar a un lugar donde usted, esencialmente hace montañas de dinero para alguien mas, y encima si le preguntan, debe mostrarse agradecido por tener la oportunidad de hacer eso?”

Y luego, no podía faltar, el lado humano del Marketing y la Comunicación. Que en el caso del Metro se refleja a pequeña escala, con toda su originalidad y miseria, en esas personas que tratan de ganarse la vida de una u otra forma. Algunos tocan y cantan, los que interpretan piezas tristes o melancólicas reciben menos monedas. En un pasillo de la estación de Avenida de América a veces está una mujer menuda de unos 60 años a la que le falta un ojo y exhibe su cuenca vacía a la vez que pide una limosna. Parece un personaje de posguerra sacado de la novela “Nada” de Carmen Laforet. Su voz es dulce y sus palabras humildes te tocan el corazón. Cuando te acercas para darle algo de dinero lo agradece y se tapa la cuenca con un pañuelo. Luego está el comando de inmigrantes de Europa del Este a los que les falta un miembro y sólo saben unas cuantas palabras en español. Hay gente con discursos muy preparados, otros con verdadero talento, necesitados, vividores y hasta yonquis movidos por la urgencia de una dosis más, de un momento menos.

La religión tiene poca presencia, viaja en los velos de las mujeres musulmanas y en una mujer hispanoamericana que recorre los vagones y nos invita a leer la Biblia y a salvarnos a través de Jesucristo. Su voz es fuerte, segura y cargada de energía. No pide dinero. No vende nada. Pero casi nadie escucha más allá de sus cascos o del ensimismamiento de sus smartphones (cuando yo era pequeño era igual, bueno igual no porque cada móvil entonces era un libro).

El Metro como transporte subterráneo refleja también la estructura social. Los de “arriba” no viajan en metro. Están arriba en varios sentidos, y nos hablan e ideologías políticas a los de “abajo”. Aunque esto no va de izquierda o derecha, precisamente va de arriba y abajo. Los que estamos abajo viajamos por debajo. Bueno, y también el Diablo, porque sabe que la energía, la pasión y la fuerza vital no está en las élites aunque se nutran de ella. Y porque su estrategia es “que no le vean llegar y estar en las trincheras” en boca del Diablo interpretado por Al Pacino que también viajaba en Metro.

Y luego está el Metro fuera de hora punta. El Metro de los sábados por la tarde. O el de los domingos por la mañana.  Cambia todo por completo como la vida misma. Cambia el motivo por el que se viaja y se transforma el paisaje suburbano. La gente ya no corre. Las caras muestran otras expresiones. La emoción lo inunda todo más allá del bostezo mañanero. Aparecen las bicis, los padres con niños sin uniforme. Las parejas que se besan. Las risas.

Que mejor que terminar saliendo del Metro con aquel verso de Sabina: ¿Te has parado alguna vez a ver los colores que estallan en Madrid cuando, al salir del metro en una tarde otoñal, el sol se va?

Por Javier Salso.