Nadie es una isla

El título de esta entrada “Nadie es una isla” procede de la “Meditación XVII” de Devotions Upon Emergent Occasions, obra perteneciente al poeta metafísico John Donne y que data de 1624: Nadie es una isla por completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de un continente, una parte de la Tierra. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; por eso la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por tanto, nunca preguntes por quién doblan las campanas, porque están doblando por ti”.

Desde niño, y sobre todo de adolescente, quería estar con gente a toda costa. La soledad era una amenaza constante e insoportable para mi. El trauma por la pérdida de mi madre con 5 años era como la gota de tinta que cae en un vaso de agua limpia. ¡Lo enturbiaba todo! Y cuando ansías algo demasiado terminas consiguiendo el efecto contrario. Mi falta de habilidades y competencias de relación y comunicación con “otros” eran  directamente proporcionales al “deseo” de sentirme rodeado de otras personas. Al deseo de ser querido. ¡De ser amado! Me sentía una isla perdida en medio del vacío que habitaba mi interior. Un náufrago que soñaba con ser rescatado y escapar de la isla.

Hoy tengo las habilidades y competencias, he cambiado mis creencias pero sigo viviendo en una isla, por decisión propia. Eso sí, la isla que soy, la isla que habito, forma parte de un archipiélago (ese conjunto de islas próximas entre si, y generalmente con un origen geológico común). Y donde no quiero vivir es en un continente, rodeado, esta vez sí, de mucha gente que quiere compartirlo todo hasta la extenuación, que no les importa ser tribu, vivir como hombre masa pagando el precio de su individualidad. Y pese a ello, atrapados en las redes de la socialización buscando incansablemente la aprobación ajena sea como sea.

A día de hoy soy isla y formo parte de un archipiélago. Visito el continente de vez en cuando pero no experimento la tentación de hacer casa en él ni pertenecer a la tribu. Y no es ya porque haya aprendido a soportarme o tolerarme, es que estoy a gusto conmigo mismo porque he aprendido a amarme (no porque yo sea especial, sino porque cada persona es única y está completa en si misma). De igual forma también he aprendido a no querer estar siempre conectado. Conectado a una inmensidad de gente en un mundo global que no me gusta. Soy selectivo y por eso valoro aun más mis relaciones, y a las personas que he elegido para formar parte de mi vida. Desde la sinceridad, desde la honestidad, desde lo que nos aportamos unos a otros. Por eso el archipiélago, pero no el continente. La globalización ha convertido un mundo heterogéneo y rico en una masa informe y miserable. Postmodernidad como globalización de la mediocridad y el conflicto. Globalización como la apisonadora que ha destruido diferencias, culturas, riqueza espiritual e intelectual. Y todo para hacer ondear la bandera de lo políticamente correcto en el Ministerio de la Verdad. La dualidad es más acusada que nunca, todo es blanco o negro, amigo o enemigo, conmigo o contra mi. Sin matices. Las representaciones culturales, artísticas, políticas… de esta postmodernidad líquida no es que sean feas, es que están vacías y no aportan nada, no invitan a la reflexión, a pensar, a desarrollar el ser y la consciencia. Su propuesta, o mejor dicho imposición, es la del pensamiento único o el no-pensar orwelliano, ideal ideológico de este paradigma “continental”. La masa de Ortega que no piensa y sólo siente lo que le dicen que debe sentir haciéndolo suyo. A toda crítica contra el sistema le será aplicada su correspondiente etiqueta. La ingeniería social cada día es más agresiva y más descarada en el cine, en las series, en los medios… y en las mentes globales.

Todo exceso genera un movimiento pendular en sentido contrario tratando de equilibrarlo. Algo que observamos a diario y que, en vez de llevarnos a pensar en el motivo, nos hace tratar de equilibrarlo empujándolo hacia el otro polo con fuerza (tesis – antítesis y síntesis social como dialéctica hegeliana) polarizándonos y enfrentándonos al polo opuesto… a mi particularmente no me gustan ninguno de los 2 extremos del péndulo. Es más, me alejo de los péndulos sociales, políticos, ideológicos, religiosos y culturales todo lo que puedo. Aunque no es tarea fácil ignorarlos por completo.

“Ser” isla en medio de un archipiélago no es sencillo ni fácil. Implica ejercer responsabilidades, asumir deberes, sobre todo el de tener que pensar por uno mismo. No puedes delegar tu conciencia y tu espíritu en el gurú de la tribu. Supone renunciar a mucha comodidades “mentales”. Y actuar desde un lugar donde coinciden el tengo y el quiero… para lograr la auténtica libertad, la única por la que merece la pena luchar y esforzarse. La libertad interior.

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