Navegar con éxito en el océano emocional del amor

El amor es una emoción maravillosa y compleja. Con muchas facetas y dimensiones diferentes. Una de sus vivencias es la del amor en pareja. Probablemente, junto al amor a los hijos, el tipo de amor más intenso que podemos experimentar en la vida. Con una diferencia, el amor a los hijos conlleva, normalmente, un vínculo incondicional, instintivo y natural, mientras que el amor de pareja es un compuesto muy “inestable” y afectado por las circunstancias, de ahí que del amor al odio haya sólo un paso, y del odio a la indiferencia tal vez dos. No es sencillo encontrar el amor de “verdad” (¿acaso lo es con las cosas importantes de la vida?), y lo es aun menos mantenerlo. Sobre todo en ese vasto océano emocional que conforma el amor.

Hace años un antiguo amigo y compañero me contó una noche que en la vida puedes encontrar dos tipos diferentes de mujeres. Mujeres “plomo” y mujeres “corcho”. Las primeras son aquellas que nos arrastran a relaciones tóxicas que terminan por hundirnos y hacernos naufragar. Las segundas son las que nos ayudan a mantenernos a flote ante la adversidad y la tormenta. Esa metáfora me resultó tan acertada y familiar en carne propia que nunca he podido olvidarla. Hoy quiero recuperarla aunque creo que es igualmente válida para cualquier relación amorosa independientemente del género de sus participantes o de su orientación sexual. Aunque mi experiencia amorosa se ha fraguado desde la mujer “plomo” y la mujer “corcho”. Así que permíteme querido lector o lectora que te lo cuente desde mi experiencia, para que tú puedas aplicarlo a la tuya.

El mundo de la Música (Maná por ejemplo le ha cantado a la mujer “corcho” y a la mujer “plomo”), del Cine, de la Literatura siempre ha utilizado y se ha inspirado en estos dos tipos de mujeres, en estos dos tipos de personas. Dos arquetipos universales presentes en nuestro inconsciente colectivo, pero también en nuestra vida cotidiana. Una es salvadora, la otra encierra la perdición. Cada uno de estos dos arquetipos tiene dos polaridades. Porque todo en la vida conlleva una elección, ya que no se puede tener todo (son las reglas). La mujer “plomo” rebosa externamente sensualidad y pasión. La sensualidad y la pasión de la mujer “corcho” está oculta en lo profundo de su naturaleza y requiere esforzarse para ganárnosla, es el tesoro oculto que nos invita a realizar el viaje del héroe. La sensualidad y pasión de la mujer plomo es muy evidente, brota fácilmente, pero igualmente desaparece y se corrompe pronto.

La experiencia me ha mostrado como la mujer “plomo” siempre da una de cal y otra de arena porque no existe nada que enganche más psicológicamente. Unas veces es capaz de hacerte sentir grandioso y único, y al otro día miserable. Eso crea dependencia. Mientras que la mujer “corcho” es equilibrada y fuerte. No sabe hacerte sentir grandioso ni lo pretende, pero te ayuda a sentirte tu mismo. A desarrollarte, a ser quien has venido a ser. 

La mujer “plomo” es una inversión a corto plazo que no rinde más allá. Las turbulencias y los problemas terminan con ella. No se puede ganar aunque a veces lo parezca. La mujer “corcho” supone invertir en el medio y largo plazo. La rentabilidad en el corto es muy escasa, pero en el medio y el largo aumenta y aumenta. Sólo que si llegas a ese momento lo que menos te importará será el concepto de rentabilidad. El amor de verdad no se mueve por el interés ni es una mercancía que cotice en los mercados de valores.

Quizá una de las descripciones más bellas de la mujer “corcho” está en “El cantar de los cantares”. En el capítulo 4 el esposo alaba a la esposa. Y en él habita un verso maravilloso: 4:4 Tu cuello, como la torre de David, edificada para armería. Mil escudos están colgados en ella, todos escudos de valientes”.

Otra cosa curiosa es recurrir a la simbología de los apellidos de estas dos mujeres. El corcho es la corteza del alcornoque. La corteza puede ser arrancada pero volverá a crecer, a renovarse. El alcornoque es un árbol mítico y épico que simboliza la alegría de vivir, una forma de ser recia, inasequible al desaliento y muy vitalista. Su fruto es la bellota y está conectado con el optimismo y todas las cosas buenas que la vida nos regala si confiamos en ella. Por lo tanto esta mujer no sólo es un flotador ante los problemas, nada más alejado de la realidad, la mujer “corcho” es símbolo de felicidad y de futuro. De eternidad.

En cambio el plomo en la Alquimia simboliza el caos del alma. El alma en su estado enfermo, empapado y muerto, ya que no puede reflejar el espíritu. Se asocia a Saturno, símbolo del tiempo como algo que todo lo destruye. Nuevamente no es sólo que el plomo nos hunde en el agua, sino que nos deja sin alma y sin futuro.

Tal vez el problema con la mujer, o las personas, “corcho” radica en que sólo podemos valorarla de verdad cuando hemos amado y sufrido lo que nos ofrece el “plomo”. De lo contrario tal vez pase por delante de nuestra vida sin darnos cuenta de que ella es la diosa Madre que guarda el secreto del amor y de la vida eterna como ciclo vital. Porque también es cierto que la destrucción antecede a la creación, como Shiva en el hinduismo, la divinidad que transforma y destruye lo innecesario para dar paso a la vida, el bailarín cósmico que ayuda a transformado todo. Mientras que Kali es la madre universal destructora de la maldad y los demonios. En el caso de la mujer “corcho” personifica a Kali como la diosa que nos ayuda a destruir nuestros propios demonios interiores.

La vida está llena de elecciones de este tipo. El ser humano vive en la permanente dualidad aunque su inercia vital le hace buscar la unidad, el equilibrio vital. Desde Heráclito y Parménides todos nos posicionamos en ese río turbulento y cambiante que nunca es el mismo, o en la búsqueda de lo que nunca cambia, de lo imperdurable. Llevado al mundo de las relaciones humanas Milan Kundera lo definió magníficamente en “La insoportable levedad del ser” y en “La inmortalidad”. La mujer “plomo” nos hace experimentar el peso frente a la levedad de la mujer “corcho”. El peso nos hace sentir vivos, nos aplasta contra el suelo, es la pasión que se clava como una soga prieta en nuestra piel… la levedad nos eleva desde lo mundano, el espíritu se libera. En la hermosa película de Terrence Malick (2011) “El árbol de la vida” se desarrolla esta misma idea bajo la metáfora de los dos caminos que tenemos en la vida: el camino de la Naturaleza y el camino de lo Divino. ¿Qué camino vas a elegir tú?

 

Por Javier Salso.

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