Niños, perros y drones

Durante mucho tiempo se ha dicho en “Publicidad” que utilizar niños y perros en las campañas era un recurso muy efectivo. Todos recordamos muchos anuncios cuyos protagonistas son niños (bebés en muchos casos) y perros (cachorrillos en su gran mayoría). La clave está en la emoción que son capaces de despertar en nosotros: la ternura. Entendida como ese sentimiento que nos provocan personas, cosas o situaciones que se consideran merecedoras de amor o cariño puro y desinteresado, ya sea por su dulzura, debilidad o delicadeza.

Hoy en cambio comienzan a ganar protagonismo en spots, películas y series los drones. Los drones no son dulces, débiles o delicados. Son fríos, artificiales y dan un poco de miedo. Pueden generar sorpresa y curiosidad, pero no son capaces de generar ternura, empatía o compasión. Es probable que su creciente presencia no obedezca a su capacidad de emocionarnos y ser un efectivo recurso publicitario (más allá de transmitir “innovación”), sino que más bien responde a una estrategia de normalización de la presencia de drones, robots e inteligencias artificiales en nuestra vida cotidiana. La transformación digital ha de ser asimilada como paso previo al “new normal” digital.

Uno de los mantras de la nueva economía es “conectar cosas eliminando procesos”, y es ahí donde la tecnología y la digitalización están generando una auténtica revolución, incluidos los drones. Uno de los efectos de la revolución tecnológica que estamos viviendo es que también nos hace sentir ternura, pero no hacia las creaciones tecnológicas, sino por nosotros mismos. Nuestra dulzura, debilidad y delicadeza se acentúa frente a ese mundo digital plagado de drones, robots, y máquinas inconscientes. La transformación digital debería hacernos sentir más humanos y ayudarnos a vivir mejor a todos reduciendo desigualdades (incluyendo las 3 famosas Leyes de la robótica de Asimov). Pero parece que lo que está provocando en cambio es “conectar cosas eliminando emociones”. Lo cuál nos lleva a una última cuestión: ¿Quién sirve a quién en la revolución digital? ¿Las máquinas a los hombres? ¿O los hombres a las máquinas?.

Tal vez, como suele ocurrir, la respuesta está en “seguir la pista de la pasta”. Por eso la culpa de esto no es de los drones y los nuevos ciudadanos de “silicio” (que no despiertan ternura pero son igual de inocentes que los niños y los perros). Sino más bien de los hombres hechos de “carbono” que lideran esta revolución (¿y sociedad!) y siempre nos piden que “les enseñemos la pasta” para vendernos algo. Lástima que “Las 3 Leyes de la robótica” de Asimov, no sean “Las 3 Leyes de la humanidad” y vengan de serie en nuestro ADN.

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