Rendirse para ganar la guerra

Desde niños se nos ha enseñado que rendirse es de cobardes. Rendirse es resignarse a la derrota y entregar la bandera sin dar hasta la última gota de sangre por ella. Los guerreros Samurais jamás lo hacían, prefiriendo la muerte antes que vivir con deshonra. Ni Leónidas rindió el paso de las Termópilas, ni Horacio Cocles dejó de luchar en el puente que conducía a los Etruscos a la ciudad de Roma. Nuestra historia y nuestra mitología está repleta de héroes valerosos que nunca se rindieron.

Pero existen otros momentos en los que el héroe se rinde para ganar la guerra. Se rinden para entregarse, al igual que Horacio o Leónidas, a una voluntad superior, a un designio mayor, a un proyecto de algo mejor. Ese “algo” que conlleva morir pero que les hará resucitar. Sócrates eligió no huir ni defenderse pese a su inocencia, aceptó la cicuta y su lección moral se hizo eterna. Jesucristo encomendó su alma al Padre para salvarnos, y resucitó a la Vida Eterna. Rendirse es un sacrificio, es dejar de luchar contra nosotros mismos. Es entregarse a algo superior, por ejemplo a perfeccionarnos como almas libres o incluso a reinventarnos como profesionales, como padres, como amigos, como hermanos… Pero es necesario dejar ir aquello que ya no nos sirve, en lugar de luchar por mantenerlo.

Jung decía que “Aquello a lo que te resistes, persiste. Lo que niegas te somete, lo que aceptas te trasforma”. La aceptación como una forma de rendición que nos ayuda a transformarnos, a ser mejores. Muere un “yo” y nace otro “mejor”. Rendirse y dejar marchar una relación tóxica, un trabajo que nos envilece o una vida que no nos aporta nada. Te rindes y renaces. Te rindes y creces. Rendirse no es de cobardes. Requiere mucho valor. Requiere soltarse del último asidero. Caer al vacío sin saber si en el último instante un “Deus ex machina” irrumpirá para salvarnos.

En el Taoísmo rendirse es fluir con el Tao, es no remar a contracorriente. Para Buda la rendición consistía en desapegarse de los deseos, dejar de sufrir por ellos. En el Cristianismo se alcanza a través de la fé y el sacrificio por los demás (concepto olvidado en la sociedad actual). Los Dioses a lo largo de la Historia han interpretado un arquetipo de perfección al que tender e imitar. Poco importa si son reales o no. Lo importante era la idea que transmitían, el poder mirarnos en su espejo para asemejarnos a ellos. Hoy los Dioses han muerto, y nosotros les hemos sustituido. Y nos creemos perfectos. Por ello luchamos por preservar nuestro perfecto “Ego”, el mayor embaucador de confianza creado por nuestra mente. Pocos son capaces de rendirse y dejar de luchar por él. “El peor enemigo se esconde en el lugar menos pensado” citando a Julio Cesar. Es por ello que rendirse ante uno mismo es la mayor victoria que podemos alcanzar. Y la única forma de alcanzar la libertad.