Somos únicos

Hay un secreto que ignoras. Un importante secreto que parece que la sociedad, la cultura, la religión, los poderes fácticos, los medios de comunicación e incluso tu jefe no quieren que conozcas… Es cierto que ellos forman parte de esta conspiración. Una conspiración que es real. Tan real como el principal responsable de ella: tú mismo. Eres tú el responsable último de que ese secreto te haya sido ocultado. Al menos una parte de ti lo es. Sin más preámbulos: eres único. ¡Tú eres único! Y lo sabes… No eres igual a nadie. Tampoco eres diferente. ¡Simplemente eres único! Pero no sólo tú, también lo son el resto de personas, porque esto no es un ejercicio de solipsismo (esa idea metafísica que te susurra que “sólo tú existes”). Aceptar que todos somos únicos por el mero hecho de ser personas hace que de repente te des cuenta que para nada eres uno más. Desaparece esa dualidad tan políticamente correcta: ¡todos somos iguales, nadie es diferente!. Ser único es un concepto no-dual, no eres mejor ni peor que nadie, nadie lo es… simplemente todos somos únicos.

¿Qué implicaciones tiene esto en nuestra vida y en nuestra sociedad? Lo primero es que el valor de cada vida humana se multiplica, porque todos somos únicos, frente al “todos somos iguales” que nos convierte en hombre masa (manipulable, sustituíble, prescindible y cuya autoestima depende del grupo). En segundo lugar hace que cambie la forma en la que nos relacionamos con los demás, y con nosotros mismos: haciéndolo desde el respeto. Nos respetamos y respetamos a las otras personas. No nos une a ellos un sentimiento de “igualdad” o no aleja sentirnos “diferentes”, sino que “compartimos” la cualidad de ser únicos. Y esto hace que dejemos de enjuiciar a los demás, y también a nosotros mismos. Podemos permitirnos “dejarnos en paz”, dejar de etiquetarnos, y de competir con los otros. El ego quiere destacar, ser reconocido, quiere ser “único” pero sólo él… pero cuando aceptas que todos somos únicos ¿cómo es posible ser más o mejor que los otros?. No se puede ir más allá del infinito y el ego cae en una indeterminación matemática que no puede resolver.

Pero esto va en contra del concepto “new age” que dice que “todos somos uno” y que gira en torno a la idea de igualdad. Nos invita a fusionarnos en un todo amorfo donde a la individualidad se le llama “diferencia” y se mira mal. Lo políticamente correcto es la “igualdad”, lo aceptado es sentirnos todos iguales y perseguir la diferencia en pro del todo. Formamos parte de un todo universal es cierto, pero un todo heterogéneo, diverso e infinito. Cada ola es parte del océano… pero a la vez no existen dos olas iguales y cada una de ellas es una acontecimiento único. El “todo” se experimenta a si mismo de infinitas formas. Vivimos en un Universo que se despliega a través de infinitas posibilidades, y no a través de un único camino. Aceptar el infinito y dejar de querer controlarlo todo y a todos es la clave para ser felices con nuestra “unicidad”.

La sociedad del todos somos uno e iguales es la dictadura de unos pocos cuyo lema es el orwelliano “Todos los animales somos iguales pero algunos más iguales que otros”. Esos que se creen superiores moralmente y nos dirigen, nos manipulan, nos enfrentan, nos desprecian y nos hacen vivir con miedo en una falsa libertad “igualitaria”. Esos que nos hacen creer que todos debemos sentirnos iguales, salvo en la única cosa en la que sí deberíamos ser iguales, en derechos, obligaciones y libertades.

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