Soñar que despiertas

Hace algunos años viví en Santiago de Compostela, un tiempo breve pero muy importante en mi vida. Un viaje en busca de mi mismo y en el que descubrí personajes e historias que me ayudaron a crecer. Uno de estos personajes mágicos fue Aleixo, el cual regentaba un pequeño bar en una rúa escondida de la ciudad vieja. De esos cuyos gruesos muros de piedra preservan el alma siempre mojada de Compostela. Alejado de las calles turísticas me gustaba pasar allí las lluviosas tardes de invierno con un libro y algo caliente. Aleixo preparaba un caldo reconfortante y a la vez era un magnífico narrador de historias cuando tenía el día hablador, que no era siempre. Lo que me gustaba de él es que como los buenos cuentistas nunca sabías si lo que te contaba era cierto o no, pero lo que estaba claro era que creía en ello y sus palabras inspiraban verdad. De una de las historias que me contó aprendí tres valiosas lecciones que siempre me han ayudado en lo personal y en lo profesional, pero sobre todo en lo espiritual. Tres lecciones de vida que creo que es mi responsabilidad compartirlas para que puedan servir de inspiración a otros como lo han hecho conmigo. Porque como dice el proverbio indú: “Todo lo que no se da se pierde”.

El sueño de Aleixo.

Aleixo me contó que una vez tuvo un sueño que no nunca fue capaz de olvidar y que había afectado a ese otro sueño que llamamos vigilia. Era un sueño corto y muy intenso, que comenzaba con él despertando bruscamente. Aleixo describía la sensación como si estuviera tumbado dentro del agua, le faltara el aire y no pudiera salir de inmediato… y entonces despertaba y volvía a respirar de nuevo. Él siempre ponía mucho énfasis en “despertaba” porque la sensación era que despertaba a su verdadera vida, despertaba a su verdadero yo. Porque al hacerlo tomaba conciencia de que el nombre y los apellidos que vestía mientras me contaba su sueño eran sólo un disfraz. Y que su verdadera realidad era aquel limbo luminoso en el que rápidamente percibía varias formas de luz que identificaba como su familia. Aunque no tenían un contorno totalmente definido era capaz de distinguirlos perfectamente, de sentir su familiaridad y la paz que le envolvía al encontrarlos. Paz, tranquilidad, serenidad… todo ello flotando en aquel espacio luminoso, donde ni siquiera su propio cuerpo tenía forma clara. Todo era luz y no eran precisas las palabras para expresar nada. Y entonces despertó. Aunque algo en él había cambiado.

La primera lección de Aleixo: mi verdadero yo no es mi ego, el tuyo tampoco.

Lo primero que a Aleixo le provocó el sueño fue que no volvió a sentir que su nombre y apellidos definían su verdadera identidad. Como él decía: – Los utilizo como una etiqueta necesaria para desenvolverme en el día a día, pero no es mi yo. Y cuando te desapegas de eso que llamamos nombre y apellidos te separas del ego. De ese otro yo que creemos que somos nosotros mismos y que por defenderlo haríamos cualquier cosa.- Para Aleixo era una técnica útil para separarse de su ego: -Por eso a veces, cuando noto que el ego toma el control, sólo tengo que repetir mentalmente mi nombre y apellidos y dejar que me invada esa sensación de lejanía respecto a ellos, y al ego que encierran.- Y verdaderamente creo es un ejercicio muy sencillo que cualquiera puede intentar para separarse del ego. Algo que yo he puesto en práctica durante años. Darse cuenta que nuestro nombre y apellidos son una herramienta que usamos pero que no nos define… los repites y niegas repetidas veces “yo no soy fulanito, yo no soy fulanito…” y notas como pierden significado, como te sientes un poquito más libre, y dejan de importarte tanto esas cosas que para el ego lo son todo.

La segunda lección de Aleixo: puedo pensar sin palabras, y tú también.

Aleixo me explicó como gracias al sueño aprendió a pensar sin palabras, porque en ese sueño él pensaba sin palabras, o mejor dicho, sentía y percibía todo sin utilizar el lenguaje tal y como todos hacemos. No utilizaba el lenguaje para pensar, pero pensaba. Y tampoco estaba en un estado de meditación. Era plenamente consciente y se comunicaba en ese limbo aunque no mediaran palabras: -Tras despertar del sueño puedo concentrarme mientras hago cosas tan normales, como estar de pié en la barra del bar observando lo que ocurre a mi alrededor, y dejar que el cerebro se inunde de las sensaciones e imágenes que perciben mis sentidos.- Es una potente técnica que yo también pongo en práctica habitualmente, aunque los primeros días cuesta un poco y tu mente se queja, luego es como hacer clic en un interruptor imaginario. Puedes intentarlo cuando viajes en el metro o mientras escuchas en una reunión… no dejar de pensar pero obligar a tu cerebro a no usar palabras, no tratas de que cese el pensamiento, tratas de pensar en otro idioma. Y lo que ocurre es que ves las cosas de otra manera, y los pensamientos son de mejor calidad… (posiblemente porque el ego sólo conoce el lenguaje de las palabras que no es el que utiliza el inconsciente).

La tercera lección de Aleixo: el amor no tiene límites cuando no se los pones a tu yo.

Lo que más le alarmó a Aleixo al despertar fue pensar que si su verdadero yo y sus seres queridos estaban en ese sueño – ¿Qué ocurre con las personas y cosas que amo en lo que llamamos realidad?– Hay quién diría desde una postura egoísta que entonces da igual lo que hagas o como te comportes con los demás si no son “reales” o son parte de un sueño ¿no?. Aunque lo que él sintió, y sentía mientras me lo contaba, fue algo totalmente diferente: –En el sueño todo era luz y no había limites físicos claros, podría decirse que todo era lo mismo aunque sin serlo: una paradoja.- Yo le contestaba que era como cuando se dice “ama al prójimo como a ti mismo”, la clave es amarte a ti para poder hacerlo luego con los demás… aunque es difícil si te amas desde el ego hacerlo después con otros como a diario vemos que ocurre. Aleixo decía que el truco era difuminar los límites del tu yo frente al otro. Romper la dualidad. Y entonces te sientes mucho más cerca de cualquiera, experimentas una unión mucho mayor con el resto de personas. Porque al difuminar el límite te confundes con los otros, con lo que al amarte tú estás amando a los demás… Desde entonces lo hago en ocasiones, sobre todo con la gente que no me cae bien o con la que más me cuesta relacionarme. Imagino que somos las misma cosa, y los percibo como mi propia imagen en un espejo. Os recomiendo que lo probéis…

Epílogo.

Algunos meses después volví a Madrid. Sabía que me quedaba mucho por andar todavía, de hecho creo que nunca dejamos de hacerlo. Pero parte de mi se quedó en Galicia, y algo de aquella tierra penetró en mi alma. Como Aleixo. Probablemente te preguntas si volví, si volví a verle. Años después viaje de nuevo a Santiago, el bar ya no existía, pero estoy seguro de que sigue existiendo, en mi cabeza, en mi corazón, y ahora también dentro de ti.

Por Javier Salso.