Vivir sin etiquetas

Las marcas son etiquetas. Y el ser humano adora las etiquetas. Necesitamos que todo, y sobre todo, todos, llevemos colgadas las que nos son propias. Eso nos hace sentir cómodos, pero sobre todo seguros. Porque hace que podamos vivir en el mundo, nos sirven para explicarlo y tener referencias acerca de cómo comportarnos los unos con los otros. Lo importante no es tanto lo que dicen, sino su propia existencia. Aunque es cierto que no todas las etiquetas son igual de importantes. Algunas son superficiales y evidentes: alto, bajo, simpático, antipático, gordo, flaco… Pero otras son más profundas y subjetivas, y nos marcan frente a los demás: religioso, ateo, de izquierdas, de derechas… Algunas podemos elegirlas, pero otras no. Naces con ellas, como la orientación sexual. Y es por eso que las marcas se posicionan para poder convertirse en etiquetas, más allá del significante construyen significados alineados con el contenido de nuestras propias etiquetas vitales. Las hacen patentes y les dan visibilidad y relevancia. Las marcas se mimetizan con nosotros y cubren nuestra desnudez existencial. Utilizan credos de marca y un story telling que hacemos nuestro.

Pero ¿qué ocurre cuando renunciamos a vivir sin una etiqueta definida?, ¿cuándo queremos ser algo para lo que no existen etiquetas? Pues que como no sabemos vivir sin ellas nos inventamos una nueva, y lo malo de las nuevas etiquetas es que durante mucho tiempo todos saben que definen algo indefinible. Lo peor de todo no es lo que piensan los demás, es lo que sientes tú. Lo peor no es no tener etiqueta, sino no saber lo que sentir. Aunque si te atreves a ir más allá de esa sensación y aguantas el “mono” podrás descubrir la libertad de vivir sin etiquetas. Libre de marcas. Y ajeno a las opiniones de los demás.

Por Javier Salso.