Y al final la nada

Los dioses se reunieron de urgencia. No era habitual. Normalmente cada uno de ellos se encontraba enredado en sus juegos con los humanos. Experimentaban. Los utilizaban. Se divertían a costa de ellos. Pero algo había cambiado. Los hombres se había cansado de los dioses y se habían revelado. Habían renunciado a vivir, renunciado a su espíritu de supervivencia. Habían elegido dejar de ser utilizados por los dioses. Renunciado a alimentar y llenar la eternidad de las deidades. Y eso provocó un efecto inesperado.

El mundo estaba poco a poco desapareciendo, primero se difuminaba, luego se hacía borroso para finalmente dejar de ser. Animales, plantas, casas, montañas… la creación misma retrocedía y se desvanecía ante los atónitos ojos de los dioses. Probablemente era una consecuencia de la desaparición de los hombres. El observador crea y afecta a lo observado, ¿hace ruido el árbol que cae cuando no queda nadie para escucharlo?. Por ello, paralelamente a la desaparición de los hombres le acompañaba todo lo que les rodeaba. Y no solo era el mundo de los hombres, los propios dioses y su mundo divino comenzaba a difuminarse. Por primera vez los dioses sentían el vértigo de la mortalidad. Sin nadie que creyera en ellos desaparecerían sin remedio

Los dioses estaban desconcertados y asustados. No sabían que hacer. Habían probado de todo para evitar que los hombres renunciaran a vivir. Intimidarles, chantajearles, ofrecerles riquezas, placeres… todo lo que pudieran desear. Pero nada había funcionado. Los hombre no querían vivir. Cada vez eran menos numerosos, al igual que el mundo que rodeaba a hombres y dioses.

Entonces uno de los dioses propuso una solución desesperada. Que renunciaran a su divinidad y repoblaran el mundo impidiendo su desaparición. Ante tal propuesta la mayoría de ellos estallaron en contra. No querían renunciar a ser dioses para convertirse en simples mortales. Discutieron. Se enfrentaron. Hasta que agotados comprendieron que no había otra solución. De lo contrario desaparecerían como el resto de la creación. Era eso o la nada.

Decidieron hacerlo. Podrían al menos experimentar la vida humana. Y sobrevivir a través de la memoria de sus descendientes. ¡No había alternativa!. Pero justo antes de renunciar y abandonar su mundo de dioses para convertirse en simples hombres uno de los dioses, no el más inteligente, pero si el más listo y ambicioso, les sugirió a los demás: – Alguno de nosotros debería quedarse aquí y sacrificarse para poder otorgar dádivas y bendiciones a los nuevos hombres. Para poder ayudar a las generaciones venideras y hacer que el mundo de los dioses perdure… aunque sólo sea habitado por un dios solitario.- Todos estuvieron de acuerdo y así se hizo.

Los nuevos hombres (los antiguos dioses) vivieron felices sus vidas humanas. Dejaron descendencia, y el ahora único dios, se mostró generoso ayudando a los nuevos hombres. Hasta que de generación en generación se perdió la memoria del origen divino de los hombres. Poco a poco se convirtió en una leyenda, en un mito, en un cuento. Quizá fue premonitorio de lo que sucedería muchas generaciones después. Cuando el único dios que existía terminó por aburrirse y decidió jugar un poco con los habitantes del mundo. Lo para este dios no era más que un juego intrascendente para los hombres eran situaciones de gran trascendencia vital. Como cuando se mostraba a los hombres bajo diferentes nombres y con distintos mensajes y peticiones contradictorias. Hasta que cientos de generaciones después pasó algo que el dios tenía casi olvidado en su memoria. Los hombres cansados de ser utilizados por este dios volvieron a perder el deseo de vivir, y poco a poco fueron mermando en número. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir. El mundo volvió a perder su naturaleza real, a difuminarse y convertirse en un fantasma de lo que fue… y el dios volvió a experimentar aquella angustia y miedo que compartió con los otros dioses milenios atrás. Miró a su alrededor contemplando como el mundo de los dioses se diluía como una gota de tinta en un inmenso vaso de agua. Se fijó en sus propias manos que ya no eran más que dos espectros. Y entonces se dio cuenta. Ya no había más dioses con los que volver a repoblar el mundo de los hombres. Sólo quedaba él. Y muy pronto la nada.

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